Así viví ‘Macho Man’ de Àlex Rigola: teatro documento sobre la violencia machista

21 Feb

Si todavía no has visto Macho Man, la instalación de teatro documento ideada por Àlex Rigola sobre la violencia machista, podría parecerte que esta crónica está plagada de spoilers. Te sugiero que te acerques hasta los Teatros del Canal de Madrid para visitarla. Comprobarás que tu experiencia no se verá condicionada por nada de lo que hayas leído.

Luz verde, luz roja

Dejo el abrigo fuera. Entro solo con una chaqueta. Me dan unos auriculares y me piden que memorice el número de la petaca a la que van conectados. El 6. Una luz verde nos da paso. Entro junto a otras 5 mujeres en la primera de las 12 estancias de la instalación creada por Àlex Rigola sobre violencia machista.

Algunas compañeras me han advertido antes de entrar de que la experiencia es dura, que sales tocada, que han visto a gente salir llorando. Se me acelera el pulso. ¿Seguro que me apetece meterme una dosis de dolor en vena un martes por la mañana durante 55 minutos? Venga, allá voy. No quiero pensarlo.

En la primera estancia me tranquilizo. Solo hay proyectadas imágenes de unas pinturas renacentistas de Boticelli. Narran la historia de una dama a la que matan por no querer entregarse al caballero que la pretende. Bueno, era la época. Lo ‘normal’ en aquellos tiempos.

Luz verde. Pasamos a la siguiente sala. Una mesa-vitrina contiene varios objetos: un jersey, un tubo de pasta de dientes usado, el dibujo de un ojo, libros, un pasaporte, unas notas escritas a mano que no me detengo en leer… Escucho la voz de una mujer a través de los cascos que cuenta cómo observaba a su maltratador bajo el balcón de su ventana, esperándola. No quería denunciarlo porque sus padres vivían a 400 kilómetros y sabía que la mataría y no se iba a enterar nadie.

Vis a vis

Esto se pone feo. Tengo calor. Creo que no me apetece mucho estar aquí, me resisto. Saco el móvil. Hago fotos a los objetos. No me apetece empatizar ahora. Puedo empezar a llorar y no parar durante todo el recorrido. Lo sé.

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Nos dividen en grupos de tres y tenemos que entrar por una puerta u otra según nuestro número de petaca. Mi cabeza está más en cómo ha dispuesto la construcción Àlex Rigola que en lo que dice esta voz acogedora de mujer. Parece dar indicaciones sobre unos textos de sentencias que hay pegadas en la pared. No hago nada. Las leo. Parecen todas ciencia ficción. No lo son. Me cago en la legislación machista que tenemos.

De nuevo luz verde. En la siguiente sala me siento frente a otra chica. Nos separa un cristal (como en las cárceles). Acabamos reconociéndonos nuestro machismo y nuestro mirar para otro lado en alguna ocasión, como testigos de abusos machistas. Le voy poniendo cara a posibles víctimas.

Luz roja. El grupo que nos precede todavía no ha salido de la siguiente estancia. Nos miramos entre nosotras. Ya alguna resopla. En general, nos sonreímos cómplices.

El miedo no se cura

Continuamos. Nos sentamos entre cuatro paredes rodeadas de una especie de cortinas de tiras de plata. Varias mujeres cuentan, con bastante serenidad, las secuelas físicas que sufren todavía por la somatización de tanto miedo acumulado en el cuerpo. Saben que eso no se curará nunca. El miedo. No es solo lo que vivieron junto a su maltratador; es lo que (no) vivirán el resto de sus vidas. Duele escucharlo. Tengo frío. Ya veo alguna lágrima en el rostro de mis compañeras. Evito mirarlas fijamente para que no se sientan juzgadas.

Movemos las cortinas. No encontramos la puerta. Risas nerviosas. Por fin un espacio más amplio. El techo se aleja. Pisamos el césped artificial sembrado de enanitos. Tengo que ponerme frente a uno que tenga una muñeca Barbie delante.

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Necesito evadirme un poco. Van a hablar de niños, lo presiento. Creo que no quiero escuchar. Miro a lo lejos. Qué bien encaja la propuesta de Àlex Rigola en la Sala Negra. Veo el patio de butacas vacío a un lado. No escucho. Miro dónde se ha situado el resto de mis acompañantes.

La casita de Hansel y Gretel

Me dice la voz de mujer que pase a una casita (¿la de Hansel y Gretel?) y me siente en una sillita. Tengo tres minutos para ver un cuaderno con dibujos de niños que han vivido en entornos de violencia machista e incluso han sido violados. Estos dibujos gritan socorro. No hace falta ser un experto para identificarlo. ¿Quién puede ser capaz de inspirar pinturas tan grotescas? Alguna compañera cierra el cuaderno antes de que acabe el tiempo. Me quedo la última. Grabo esos dibujos en mi memoria. No hay perdón.

Una flecha nos dirige a los Sanfermines. A lo largo de un pasillo conformado por paredes de malla, como una red de pesca, cuelgan tres folios con extractos del juicio de ‘La Manada’. Son declaraciones de la víctima ante las preguntas que se le iban formulando. No puedo más. Qué rabia. Pobre chica. Está paralizada por el miedo y dudan de su palabra con cada pregunta. Qué asco. Pienso en el 8 de marzo. Poco ruido hicimos el año pasado. Todavía tenemos que ser más.

Love me

Subimos las escaleras al final del pasillo. LOVE ME. Un gran fluorescente rosa ilumina una mini casita con tejado a dos aguas. A través de los auriculares escucho la entrevista que concedió Ana Orantes en televisión. 40 años de malos tratos por parte de su marido. Qué valiente al atreverse a contarlo en la tele. Paliza. Pérdida de sentido. Boca a boca. Más golpes. Reanimación. Más golpes. La comida estaba muy caliente. O muy fría.

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Trece días después su exmarido la roció con gasolina y la quemó viva en la calle.

Me quedo clavada en el banco en el que estoy sentada.

Ana, te lo debemos, esto tiene que parar.

Una de cada tres

Tenemos que bajar las escaleras y coger una tarjetita del cajoncito que cuelga de la pared con nuestro número. Abro el 6. Comparto mi tarjeta con otras dos compañeras de mi grupo.

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Me asomo la primera a la siguiente sala. Está vacía. ¿Vacía? Los rostros de decenas de mujeres empapelan las cuatro paredes de la estancia. Son mujeres asesinadas los últimos cinco años como consecuencia de la violencia machista. Los ojos de una niña sonriente me miran fijamente. Me atrapa. Pero son tantas, que ahí podría estar la cara de alguien a quien conocí. O la mía. Solo pongo nombre a Diana Quer. Y todas tienen nombre. Escucho sorber los mocos que caen con las lágrimas.

Solo queda la última habitación. Me siento muy cargada. Tengo calor. El miedo, la angustia, la rabia y la pena se han acumulado en mi pecho porque no he querido darles rienda suelta.

Nos encontramos frente a las imágenes de un videojuego. Una prostituta ofrece sus servicios al conductor de un coche. El hombre paga según lo que desea: follar, una mamada… Solo le vemos el rostro a ella, al tiempo que simula esos gemidos inverosímiles de las pelis porno que ponen tan cachondos a algunos hombres.

Pero esto no es lo peor. La persona que manipula este videojuego tiene la posibilidad de recuperar el dinero pagado. Solo diré que aquí no pude reprimir un “cabronazo”. Ojo, que el dichoso juego Gran Theft Auto (GTA) tiene millones de descargas en el mundo.

Este último impacto me deja energizada con la agresividad suficiente para salir a la sala de descompresión y no querer ‘descomprimirme’. Quiero contar lo que he experimentado y sentido. Quiero que los hombres y las mujeres que me rodean conozcan esta propuesta. Quiero que nos pongamos las pilas, tenemos todavía mucho que hacer. Se lo debemos a todas ellas. Nos lo debemos a nosotras. A nosotros.

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